Muerte en el Teatro

En un principio, por el título, puede parecer un relato policiaco de Agatha Christie, pero no quiero inducirles a error. Esta historia es de otra clase. Una, en la que un individuo lucha por sus sueños en contra de las convenciones sociales; o de lo que se espera de ellos. Y sobre todo, de la amistad que perdura a lo largo de los tiempos. Aunque ese individuo sea la MUERTE (Black Delamorte) y sus amigos, los tres Jinetes del Apocalipsis que restan: Victoria Winner, Juanita Guerra y Hambruna (Funny Hungry).

Hubo una ocasión en que Muerte, hastiado de una existencia volcada en su carrera profesional, decidió luchar por una quimera: ser actor. Actriz, en este caso, pues habían elegido el sexo femenino para esa ocasión, como disfraces mortales.

Y allí estaban sus amigos dándole ánimos antes de su primera audición.

—¡Tú puedes! Concéntrate en visualizar el éxito – aconsejaba Victoria, una rubia casi albina, enfundada en su traje de ejecutiva; mientras le aplicaba colorete sobre los prominentes pómulos de bronceado hepático.

—Y si no, me dices a quién hay que partirle las piernas − dijo Guerra a la vez que estrellaba el puño contra la palma de su mano. Este simple gesto hizo resaltar sus enormes bíceps morenos, bajo su camiseta de lycra roja, a juego con su atuendo deportivo .

—Gueeeer no será necesaaariooo. Morti lo hará feeenomenaaaal – Hambruna habló con la boca llena, disfrutando de un gigantesco bocadillo. Con sus manos rechonchas y negras, se sacudió las migas que se quedaron atrapadas en los pliegues de su amplio vestido; entre el generoso pecho y su inmensa barriga.

Cuando los tres Jinetes comenzaron a discutir sobre la mejor manera de animar a alguien, Muerte creyó que era el momento de unirse a los demás aspirantes tras bambalinas.

Los aspirantes se movían el peso de una pierna a otra, o bien, gesticulaban sobreactuados a la vez que ejercitaban las cuerdas vocales. Muerte miraba las páginas para memorizar las líneas de su actuación. Entrecerró los ojos para concentrarse.

—¡Siguiente! –Se escuchó la voz autoritaria del director desde la platea.  Era el turno de Muerte; su gran momento. Tenía que darlo todo − ¿Alguien puede bajar el aire acondicionado? ¡Se creerán que somos pingüinos!  − Muerte entró en escena sutil y silencioso −. ¡Nombre! –espetó.

—Black Delamorte – contestó con arresto, bajo el solitario foco que le deslumbraba, hacia las figuras que se dibujaban en el patio de butacas; en medio de una niebla de nicotina y alquitrán.

Un coro de risas estalló al oír su nombre. Muerte les observó sin entender esa repentina alegría, pero estaba seguro que era buena señal. La algarabía se interrumpió, al contemplar sus ojos de noche profunda sin estrellas, que parecía engullir la luz y el calor de la vida. Carraspearon y disimularon mientras buscaban no se sabe qué entre sus papeles.

—¡Háblanos de ti!, ¿cuál ha sido tu último trabajo?, ¿qué predilecciones tienes?

—Bueno, soy…soy… soy funcionario de la sanidad. Y me gusta jugar al póker – El tono de su voz no admitía más preguntas.

—¡Buena salida, Blacky! –Entre bambalinas sus amigos le alentaban. Muerte los contempló con su sempiterna sonrisa llena de dientes. Los entrevistadores se revolvieron en sus asientos, inquietos.

—Diga su texto, por favor – pidió el director−. Terminemos con esto de una vez − dijo por lo bajo a sus colaboradores, mortificado.

Muerte recitó solemne sus líneas. Le puso todo el sentimiento que bullía en el interior de su decrépito cuerpo: era un volcán de pasión, un dechado de virtuosismo escénico, un poeta; O eso creía él.

Su impertérrito rostro esquelético, cubierto a penas por una piel fina y apergaminada, parecía esculpido en mármol. Las emociones se quedaban en el umbral entre su yo más íntimo y la ventana de su cara. Pero, más allá de eso, su voz era lo peor. Sonaba como si un iceberg se resquebrajara y se desplomara sobre el océano ártico.

—Ehmmm, es…− El director buscó un calificativo cuando hubo finalizado. Apelativos como desagradable, grimoso, espeluznante le pasaron por su mente. Sin embargo, por una misteriosa razón, un escalofrío le recorrió la espina dorsal y cambió de opinión en el último segundo −. Es suficiente. Muchas gracias.

Satisfecho, Muerte abandonó la escena por el lado contrario de donde aguardaban sus colegas. Les dedicó un saludo antes de marcharse.

Victoria le brindó todo su apoyo con los pulgares alzados y una sonrisa fingida. Hambruna ocultaba el rostro detrás de la palma de su mano.  Y Guerra, después de hacerle un gesto afirmativo con la cabeza, miró con suspicacia a los seleccionadores y sentenció:

—Se van a necesitar mis habilidades en este asunto − Los otros asintieron descorazonados.

Horas después, se anunció en el tabloide la lista de actores de reparto con sus respectivos papeles. Muerte se aproximó, y a su paso las personas se apartaban; detalle que pasó por alto. Lo que sí le llamó la atención es que el director, que estaba terminando de clavar la última chincheta en el corcho, parecía bastante vapuleado: un labio partido, un ojo morado y caminares dignos de un paciente de geriátrico.  En cuanto le echó la vista encima salió despavorido, cojeando,  tan veloz como su maltratado cuerpo le permitió.

Al salir del teatro, los tres Jinetes esperaban ansiosos el resultado de las pruebas. Y al saber que había conseguido un papel, le estrecharon con afecto su huesuda mano para darle la enhorabuena. Juanita Guerra le dio un golpe cariñoso en el hombro.

A la pregunta sobre qué papel le había tocado, Muerte respondió:

—Es una sorpresa −dijo ufano de sí mismo −. Lo que sí les puedo anticipar es que salgo en casi todas las escenas. Es un personaje difícil.

—Eeexxceleeeente – Hambruna le pasó un brazo por el hombro –, celebrémoslo con una bueeena comidaaaa.

Los meses posteriores se dedicó con ahínco a ensayar su papel: en el trabajo, en su casa, en el teatro. Nunca era suficiente: ensayaba ante el espejo todos los matices del mismo, sumergiéndose en el personaje, siendo uno con él. Sus clientes le miraban desconcertados cuando, en un arranque de inspiración, interpretaba alguna escena. «Voy por el buen camino», pensaba con entusiasmo.

La noche de estreno, Muerte se atrevió a espiar a los espectadores desde la oscuridad, mientras se llenaba la sala. Con gratitud contempló a su cuadrilla sentarse en la platea, en medio de un montón de asientos vacíos. Sus dientes castañeaban de emoción.

Por fin, se abrió el telón.

Cuando Victoria, Juanita y Funny vieron la escena se quedaron estupefactas, muertas. No sabían cómo reaccionar ante tal espectáculo.

 Muerte sonría, con su boca llena de dientes. Se mostraba exultante, magnífica, viva. O, al menos, así lo percibía Muerte.

—¿Un abeto? ¿Un maldito y asqueroso abeto? – murmuró Guerra a sus compadres entre dientes −. ¿Un árbol al que se le caen las hojas? A ese ritmo se va a quedar en huesos – apretó los puños contra los brazos del asiento.

—Disimula, Guerra, disimula – dijo Victoria mientras sacaba algo de su bolso.

Desplegaron una pancarta en donde rezaba: «Blacky Delamorte se merece un Óscar» significase lo que significase.

Muerte al leerlo se sintió profundamente conmovido. Tenía los mejores amigos del universo, y eso era decir  mucho. Podía asegurarlo a ciencia cierta porque él estuvo allí cuando se creó.

Si tuviera lágrimas en sus cuencas vacías, lloraría.

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